
Desde muy chico aprendí que no es bueno rendir honores ni pleitesía, ni abrumarse ante el brillo ciego de luces en las que otros se hallan sumergidos, sin cuestionarse primero la autenticidad del origen de aquella deidad y de su resplandor, rendidos, sólo por la avasalladora y psicodélica máquina de la publicidad y las circunstancias que convierten al hombre en leyenda, al ser humano en dios, que convierten lo simple y rutinario en algo grande e inalcanzable...



























